Thursday, January 15, 2026

Cuento: E-mail

 

E-mail

Susana Arroyo-Furphy

Brisbane, Australia

 

Soy un email. Soy un mensaje. Soy un texto.

Fui preparado por un ser atribulado. Sus grandes dudas y su gran melancolía lo hicieron una persona difícil y hasta poco agradable. Casi no comentaba nada y cuando lo hacía sus comentarios ácidos no le gustaban a la gente. Cuando finalmente tuvo un amor en su vida, lo dejó ir. No supo cómo atraparlo. No supo qué hacer y sin darse cuenta, ella se fue.

Finalmente, al cabo de muchas dudas y temores le escribió un email, o sea a mí, yo, yo fui escrito por él. Hablo desde las palabras. Pienso en su defensa pues lo conozco, fui creado por él de manera sincera.

Hace algún tiempo me escribió, me redactó con sumo cuidado, regresaba, corregía, aumentaba, borraba, disentía y hacía cuanta parafernalia es posible hacer en los emails. Decidió enviarme a la mujer de quien está enamorado. Le costó tal trabajo que pensé que me quedaría en su disco duro. Me envió y, por desgracia, ella no me recibió. Claro, como venía de una dirección desconocida, su configuración de correo electrónico me mandó a Spam, ese sitio siniestro del cual algunos emails son afortunados pues el destinatario de cuando en cuando revisa ese espacio y se encuentra con hallazgos significativos.

Desafortunadamente, eso no me sucedió a mí. Tras largo tiempo de vivir en Spam, fui a dar a la papelera, es decir, adonde se va la basura, los emails que no son queridos ni aceptados y, como en mi caso, ni al menos leídos.

Ahí viví muchos días, creo que 30, ya que es lo que se considera una vida normal para estos seres impolutos, estos seres ingenuos o algunos quizás malvados que han sido enviados por alguien o a veces por máquinas que han sido programadas para ello. La mayoría de las ocasiones son ofertas, promociones, se vende algo, se intenta conseguir clientes. Pero yo no vendía nada, solo amor.

La mujer a quien fui enviado nunca me leyó. No se dio cuenta de mi existencia, no reparó en mi presencia ni en mi formato. Soy hermoso.

Fui escrito desde las entrañas de este ser atribulado, como decía, desesperado en esos momentos en los que sabía que no había salvación, ella, la destinataria, no regresaría a su lado; tal vez alguno de sus pensamientos se dirigía a él, a mi maestro, a mi formador, pero nada fue suficiente, ni mis súplicas ni el haber levantado la mano varias veces. Bueno, la mano no, porque no tengo manos, pero trataba de hacerme notar.

Tras un tiempo doloroso y por demás extenuante, casi sin poder dormir ni estar tranquilo, ahora me han lanzado al ciberespacio. Ya no estoy dentro de una computadora ni en una nube, me han exterminado, me han hecho desaparecer.

Me encuentro en esta especie de purgatorio para los emails y los documentos considerados innecesarios, deleznables, superfluos. Somos y pertenecemos a una legión inmensa de coexistencia en el ciberespacio. Somos miles, millones, quizás miles de trillones. Diariamente se incrementa este espacio de forma exponencial.

Pronto no vamos a caber aquí. El ciberespacio es enorme, pero también la cantidad de elementos que convivimos. Pasamos de cerca, algunos amables guiñan un ojo en señal de camaradería. Otros, que eran malos y perversos de por sí, no miran a nadie y están rojos de cólera. Los otros somos azules, pálidos, tibios, inocuos.

No sé qué va a pasar conmigo y con mis correligionarios. Tal vez los genios de IT o de IA diseñarán algún procedimiento de aniquilación como quemarnos o convertirnos en algo que no ocupe espacio, no seremos polvo ni humo, perteneceremos a la nada pues somos misteriosamente vulnerables.

Seguiré viviendo aquí el tiempo que me sea permitido.

Y ella… ella nunca me leyó.