Susana
Arroyo-Furphy
Brisbane,
Australia
Soy un email. Soy un mensaje. Soy un texto.
Fui preparado por un ser atribulado. Sus grandes dudas y su gran melancolía
lo hicieron una persona difícil y hasta poco agradable. Casi no comentaba nada
y cuando lo hacía sus comentarios ácidos no le gustaban a la gente. Cuando
finalmente tuvo un amor en su vida, lo dejó ir. No supo cómo atraparlo. No supo
qué hacer y sin darse cuenta, ella se fue.
Finalmente, al cabo de muchas dudas y temores le escribió un email, o sea a
mí, yo, yo fui escrito por él. Hablo desde las palabras. Pienso en su defensa
pues lo conozco, fui creado por él de manera sincera.
Hace algún tiempo me escribió, me redactó con sumo cuidado, regresaba,
corregía, aumentaba, borraba, disentía y hacía cuanta parafernalia es posible hacer
en los emails. Decidió enviarme a la mujer de quien está enamorado. Le costó
tal trabajo que pensé que me quedaría en su disco duro. Me envió y, por
desgracia, ella no me recibió. Claro, como venía de una dirección desconocida,
su configuración de correo electrónico me mandó a Spam, ese sitio siniestro del
cual algunos emails son afortunados pues el destinatario de cuando en cuando
revisa ese espacio y se encuentra con hallazgos significativos.
Desafortunadamente, eso no me sucedió a mí. Tras largo tiempo de vivir en
Spam, fui a dar a la papelera, es decir, adonde se va la basura, los emails que
no son queridos ni aceptados y, como en mi caso, ni al menos leídos.
Ahí viví muchos días, creo que 30, ya que es lo que se considera una vida normal
para estos seres impolutos, estos seres ingenuos o algunos quizás malvados que
han sido enviados por alguien o a veces por máquinas que han sido programadas
para ello. La mayoría de las ocasiones son ofertas, promociones, se vende algo,
se intenta conseguir clientes. Pero yo no vendía nada, solo amor.
La mujer a quien fui enviado nunca me leyó. No se dio cuenta de mi
existencia, no reparó en mi presencia ni en mi formato. Soy hermoso.
Fui escrito desde las entrañas de este ser atribulado, como decía,
desesperado en esos momentos en los que sabía que no había salvación, ella, la
destinataria, no regresaría a su lado; tal vez alguno de sus pensamientos se
dirigía a él, a mi maestro, a mi formador, pero nada fue suficiente, ni mis
súplicas ni el haber levantado la mano varias veces. Bueno, la mano no, porque
no tengo manos, pero trataba de hacerme notar.
Tras un tiempo doloroso y por demás extenuante, casi sin poder dormir ni
estar tranquilo, ahora me han lanzado al ciberespacio. Ya no estoy dentro de
una computadora ni en una nube, me han exterminado, me han hecho desaparecer.
Me encuentro en esta especie de purgatorio para los emails y los documentos
considerados innecesarios, deleznables, superfluos. Somos y pertenecemos a una
legión inmensa de coexistencia en el ciberespacio. Somos miles, millones,
quizás miles de trillones. Diariamente se incrementa este espacio de forma
exponencial.
Pronto no vamos a caber aquí. El ciberespacio es enorme, pero también la
cantidad de elementos que convivimos. Pasamos de cerca, algunos amables guiñan
un ojo en señal de camaradería. Otros, que eran malos y perversos de por sí, no
miran a nadie y están rojos de cólera. Los otros somos azules, pálidos, tibios,
inocuos.
No sé qué va a pasar conmigo y con mis correligionarios. Tal vez los genios
de IT o de IA diseñarán algún procedimiento de aniquilación como quemarnos o
convertirnos en algo que no ocupe espacio, no seremos polvo ni humo,
perteneceremos a la nada pues somos misteriosamente vulnerables.
Seguiré viviendo aquí el tiempo que me sea permitido.
Y ella… ella nunca me leyó.